Conservadurismo disfrazado de respeto

No son pocas las ocasiones en que cuando alguien presenta o plantea una propuesta de interpretación de una obra que no se atiene a la estilística original o, incluso incorpora modificaciones a la partitura, se le tacha de irrespetuoso con el compositor, de “destrozar” la obra… o da excusas para no hacerlo uno mismo desde una posición de humildad “yo no podría mejorar al gran compositor”, cuando en realidad está lanzando un dardo de forma velada “¿cómo te atreves a hacerlo? ¿acaso te crees mejor que el gran compositor?”

No puedo estar más en desacuerdo con dichas actitudes inquisitivas y conservadoras, que promueven una visión muy [auto]limitada de la música y, diría, de la cultura y sus posibilidades de evolución, en general.

Pongamos una analogía: Cecilia Giménez, cuando intentó restaurar al Ecce Homo, lo destrozó. Pero si Cecilia hubiera pintado su propia versión en su casa, nadie estaría hablando de destrozos.
Ese tipo de destrozo no es posible con una obra musical (salvo, tal vez, destruyendo todas sus copias y reproducciones), porque no se trata de un objeto físico.

Pero es que, además, intentar minusvalorar las posibilidades de alterar y experimentar con el arte con la intención de conservar en formol lo ya establecido es intentar cortar unas alas a otras formas de expresión y creación. No creo que se logre nada bueno con esas actitudes. Mi posición es opuesta: ¡toca Bach con swing! ¡toca Mozart a lo rag! ¡mezcla! ¡diviértete! ¡Ni Bach ni Mozart te van a censurar ni se van sentir traicionados (aunque una legión pretenda hacerlo en su nombre)!

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